/
/
/
Todo empezó en el nido…

 

TODO EMPEZÓ EN EL NIDO…

 

El día 11 de febrero, un día después de haber dado a luz, no imaginaba que viviría el mayor de los miedos que he sentido hasta el día de hoy.

Todo iba normal, yo con mis dolores de postparto, luchando con la lactancia materna que me dolía horrores, y haciéndome, reconociéndome y conociendo a la personita que ahora ocupaba todo mi tiempo y mi vida. Recibí la visita de mi familia, y a eso de las 18h de la tarde, cuando ya sólo estábamos papá Alex, Adel y yo, Adel empezó a llorar desconsoladamente. No había forma de calmarlo. Ni mis brazos ni los de su padre, ni piel con piel, ni la teta, nada. Cuando vimos que la situación nos superaba, porque no entendíamos que le podía estar pasando, llamamos a la enfermera. Enseguida vino y le tomó la temperatura. Estaba a más de 38º. ¿Qué le está pasando a mi hijo? No lo sabía. Únicamente sabía que por protocolo se lo tenían que llevar al nido. Y si… ahí empezó todo.

De repente me vi sola (aunque papá Alex estaba allí), me sentía realmente sola, y rompí a llorar como no he llorado nunca. Miedo, sentí mucho miedo. ¿Qué le puede estar pasando a mi bebé? ¿Por qué no puedo hacer nada para ayudarle? Me fui corriendo al nido. Y lo vi. Estaba desnudo, sólo con el pañal, llenito de cables, con una vía puesta y el brazo completamente vendado como si lo tuviera roto y acompañado de dos máquinas, una que constantemente hacia ruido indicando su latido y respiración, y otra con medicación. Y volví a romperme, y volví a llorar. Del nido no me moví. Empecé a darle teta en una silla con ruedas (de estas de escritorio) y si ya de antes la lactancia era complicada, en aquellas condiciones, en la silla, con los cables de Adel y demás, ya ni os cuento. Dar de mamar dolía, dolía mucho, pero saber que Adel tenía que alimentarse y mi leche (entonces calostro porque aún no había tenido la subida de leche) era bien para él, sacaba fuerzas y tiraba millas.

Papá Alex aparecía por el cristal, saludaba y se volvía a la habitación. Esa noche, alrededor de las 12h, Adel se durmió y la enfermera que hacia guardia en el nido me dijo que intentara descansar un rato en la habitación y que cuando Adel se despertara me llamarían. Me fui a la habitación y creo que no duré ni 15 minutos en ella. ¿Qué hago yo en esta habitación si yo quiero estar con mi bebé y él necesita estar conmigo? Y al nido me fui de nuevo. No dormí. No quería dormir. Adel tenía fiebre, estaba malo y yo no sabía que le pasaba.

Cuando comunicamos a nuestras familias la situación, [email protected] se volcaron y quisieron estar presentes para darnos apoyo. Pero no, yo no quería allí a nadie. Yo sólo quería estar con mi bebé, sin nadie más. Como mucho, papá Alex, pero nadie más. Entendía que sus [email protected], [email protected], [email protected], estuvieran [email protected] por él, pero en esos momentos yo lo único que necesitaba era saber que Adel estaba bien. El apoyo, des de la distancia, lo sentía. Sentía rabia al leer WhatsApp de [email protected] conocidos que ya daban por hecho que estaríamos en casa con nuestro bebé, así que escribí un WhatsApp general explicando brevemente la situación, y pedí tiempo, y cuando ya estuviéramos en casa, ya volveríamos a hablar.

Al día siguiente, lunes, le hicieron miles de pruebas (análisis, punción en la médula, más controles…). La pediatra quería descartarlo todo. Y ahí seguía yo, en el nido sentada (estaba vez con la silla que teníamos en la habitación) y dando de mamar a demanda de Adel, y ya con grietas en los pezones. Me seguía invadiendo un miedo atroz cada vez que le miraba. Y aún seguíamos sin saber qué le podía estar pasando. Esa noche tampoco dormí.

El martes parecía que Adel poco a poco iba remontando. Ya casi no tenía fiebre, se le veía más activo, y papá Alex y yo algo más relajados. Aun  así, los dolores del postparto, y sobre todo, el dolor de la lactancia, seguía empañando la alegría de sentir que Adel ya estaba en nuestras vidas. Esa noche Adel ya pudo dormir con nosotros en la habitación. Seguían controlándole cada pocas horas para ver que todo fuera bien. Ya con él en la habitación, pude descansar algo más. No dormí con él, tenía miedo que dormir juntos hiciera que le subiera la temperatura del calor. A día de hoy, sé que es al revés, nuestros cuerpos ayudan a regular la temperatura y la fiebre. Ese mismo día empecé a usar pezoneras porque el dolor al mamar ya era insoportable. Lloraba dando de mamar, y aquello no era normal. Dar de mamar no debe doler.

Miércoles, todo iba bien. Adel no tenía fiebre y conseguimos gracias a las pezoneras, dar de mamar sin apenas dolor. Si seguía así, al día siguiente nos iríamos para casa. Pero no siguió así. Sobre las 19h de la tarde, en el nuevo control de temperatura, Adel de nuevo se puso a 38º. ¡No por favor! ¿Qué le está pasando?

El miedo de nuevo se apoderó de mí. La subida de la leche se apoderó de mis tetas. Y yo sentía literalmente que física y emocionalmente, iba a explotar.

Esa noche de nuevo Adel la pasó en el nido, y yo, como no, con él.

En el nido ya era conocida y cada vez que quería entrar decían: “déjala pasar, es la mamá del nido”. Durante los días que estuvimos allí, veíamos pasar infinidad de bebés por el nido, simplemente para hacerles los controles rutinarios, y oíamos: “(nombre del bebé) ya se va para su casa”. Papá Alex y yo nos mirábamos y compartíamos el mismo sentimiento… ¿y nosotros, cuando escucharemos esa frase?

Si soy sincera, en todo este tiempo que Adel estaba en el nido, la pasividad de papá Alex no la entendía. Él dormía, descansaba, y sí, estaba preocupado por su hijo, pero para nada era como yo lo estaba viviendo. Me sorprendía, y lo hablamos en más de una ocasión. Yo respeté como actuaba él, así como él respetó como actuaba yo. Pero a día de hoy, sigo sin entender cómo podía actuar así.

El jueves volvió a nuestra habitación. La pediatra nos comentó que posiblemente la fiebre había venido de una posible deshidratación, ya que cuando tenía fiebre y le dábamos suplemento de mi leche, remontaba bien. Si todo continuaba igual, al día siguiente nos iríamos para casa. Yo ya no me hacía ilusiones. Llevaba des de que di a luz encerrada en aquel hospital sin salir (no porque no pudiera, sino porque no quería separarme ni un momento de Adel) y por momentos creía volverme loca.

El viernes, por fin, le dieron el alta y nos fuimos para casa.

Cabe decir que no todo fueron dramas en estos días, y papá Alex y yo sacábamos tiempo para el humor y para disfrutar de nuestros primeros días con Adel, los tres juntos. Nos reíamos de los looks imposibles que teníamos que ponerle a Adel ya que teníamos que cortarle a todos una manga para que pudiera caber el brazo que tenía la vía (ese que parecía que tuviera roto…). Entre otras, a papá Alex se le ocurrió llamar Damaris de nombre al Dou Dou a Adel en honor a una de las bebés que le acompañó un día en el nido (cada vez que papá Alex le daba el dou dou a Adel y lo nombraba, no podía parar de reírme…).

Des de este post quiero agradecer al Hospital Sant Camil de Vilanova i la Geltrú el trato recibido en todo ese tiempo. Es de agradecer, y mucho, que me dejaran la habitación para poder acompañar las 24h a mi bebé, cuando yo en realidad ya tenía el alta y era él quien estaba ingresado. También dar las gracias al equipo de enfermeras que nos acompañaron durante toda esa semana, de verdad, fueron maravillosas. Estuvieron atentas, cariñosas, y me dieron la atención que necesité en todo momento, des del abrazo más cálido para calmar mi miedo, al ánimo más grande para seguir luchando por la lactancia.

Y así fue como nació la mamá del nido. Un nombre que durante nuestra estancia en el hospital me generó mucha rabia y frustración, pero que a día de hoy se ha convertido en motivo de alegría y motivación.

 

Comentarios

Share this post

Start typing and press Enter to search

Shopping Cart

No hay productos en el carrito.